Revista El discípulo




La fe en acción

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

 

El tema de este trimestre es la fe en acción. La fe es un elemento esencial en la vida del creyente. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que «sin fe es imposible agradar a Dios».(Heb 11.6). Juan Calvino, uno de los teólogos más importantes de la Reforma Protestante, visualizó la fe como el conocimiento acerca de la bondad de Dios para con el ser humano, fundado en la obra de Jesucristo, revelada y sellada en el corazón por el poder del Espíritu Santo. (Institución de la Religión Cristiana, III, 2, 7).

La fe no es pasiva. Es fuerza que nos invita a buscar a Dios. Ahora bien, no hay que ignorar que solo se encuentra la fe por medio de la Palabra Encarnada de Dios. Si bien la fe nos lleva a buscar a Dios, la misma fe nos dirige a conocer a su Santo Hijo Jesús, por quien Él realizó la obra salvífica. Ante el regalo de la salvación en Cristo, somos invitados a responder desde la fe, que implica vivir en Dios. Entendida así, podemos concluir que la fe se relaciona con creer y confiar.

No hay que olvidar que la fe cristiana siempre desemboca en Jesús. La obra de Jesucristo es puntual en la vida del ser humano. Ella ofrece vida y libertad. De ahí el valor de la expresión bíblica: «el justo por la fe vivirá» (Hab 2.4). Del testimonio bíblico se desprende que el ser humano por sí mismo no posee la capacidad de conocer la voluntad de Dios. Solo lo logra por medio de Jesucristo. Para la iglesia, Jesús es el Señor de la vida y creador de todo cuanto existe. Por la fe, nuestro entendimiento es iluminado por el Espíritu Santo para conocer que Jesús es la «imagen visible del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Col 1.15). Es por eso que Él se constituye para los cristianos y las cristianas en «el camino, y la verdad, y la vida» (Jn 14.6).
Por la fe en Jesucristo, la iglesia vive su común-unión y la común-unidad. La común-unión de la iglesia descansa en la confesión del señorío de Cristo Jesús. De ahí que hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, declaramos a un solo Señor, vivimos una sola fe, practicamos un solo bautismo y servimos a un solo Dios (Ef 4.5-6). La obra de Dios nos justifica y nos transforma. Nos conduce a una vida en común-unidad. Ciertamente la práctica de la fe posee un carácter personal, pero converge en una dimensión aun mayor, la vida en comunidad. Así que la fe nos invita a vivir el señorío de Jesucristo en nuestra cotidianidad y junto a nuestros semejantes. Podemos entender que la fe en acción es una contextual. Esto es, nunca se desliga de la realidad social, cultural, política, económica y religiosa de los pueblos. No debe existir incompatibilidad entre la confesión del señorío de Jesús y la manera en que somos comunidad.

La práctica de la fe encuentra su fundamento y modelaje en la praxis liberadora de Jesús. Por medio de sus enseñanzas, Jesús exige a sus seguidores una conciencia crítica y un compromiso militante que les dirija a la realización del proyecto de Dios hoy. Precisamente en las próximas tres unidades se discutirá la manera en cómo esa fe se transforma en una acción sanadora en medio de las necesidades del pueblo, que espera con ansias la intervención poderosa de Dios.

Este ciclo de trece lecciones nos llevará a entender cómo la común-unión y la común-unidad de la iglesia quedan indisolublemente enlazadas por medio de la fe. La confesión del señorío de Jesucristo se transforma en una fe viva, presente en medio del dolor, de los sueños y de las necesidades del pueblo. La fe en acción se concretiza en demostraciones de amor, justicia y solidaridad, en especial con los más débiles. Esta afirmación teológica estará presente en cada una de las lecciones de este trimestre.

La primera unidad, «La iglesia primitiva proclama su fe en Cristo Jesús», presenta la práctica de la fe por medio de cinco relatos del Nuevo Testamento. El primero de ellos nos llevará a la entrada del templo en Jerusalén para ver la acción del Evangelio a través de los ojos del cojo sentado en la puerta la Hermosa. Del relato bíblico aprenderemos que la fe en acción es poder sanador en el nombre de Jesús. Los seguidores del Maestro tienen autoridad de parte de Dios para sanar al mundo. En el segundo relato, acompañaremos a Bernabé y a Pablo hasta Chipre para aprender a discernir entre la voz de Dios, presente en la predicación apostólica y las voces que intentan con artimañas torcer la verdad del mensaje del Evangelio. En el próximo pasaje, Pablo nos servirá de modelo para comprender que aun por encima de las persecuciones y del sufrimiento, Dios nos encomienda a exhortar a los y las creyentes a permanecer en la fe dando testimonio a las naciones del amor de Jesucristo. Más adelante, junto a los sabios del Oriente, llegaremos hasta el pequeño pueblo de Belén para contemplar en adoración la hermosura del niño Dios. Simplemente, el Evangelio es para todos y todas sin acepción de personas. Finalmente, los discípulos del apóstol Pablo resumirán el legado teológico de su maestro por medio de una serie de instrucciones acerca de la importancia de la fe en la tarea de mantener la unidad del Espíritu en el lazo de la paz.

La segunda unidad, titulada «Una fe viva en Dios», tiene como escenario de estudio el libro de Daniel. De las experiencias de Daniel aprenderemos, en primer lugar, que la fe en ocasiones se enfrenta ante la encrucijada de decidir entre la fidelidad a Dios o la adopción de prácticas que se anteponen al proyecto divino. Demostrar los valores cristianos en medio de los dilemas de la vida es un gran desafío. Ante eso, Daniel pone en acción su fe y decide no contaminarse con los banquetes babilónicos. Ese mismo espíritu audaz llevó a Sadrac, Mesac y Abed-nego, compañeros de Daniel, a enfrentar la amenaza de un horno ardiente. Allí, Dios los honró ante sus acusadores. En la tercera lección, Daniel nos enseñará con profunda humildad a reconocer nuestras faltas delante de Dios. La oración de Daniel (Dn 9.1-19) revela un tema recurrente en la literatura profética, Dios es el restaurador de Israel. En su justicia levanta al pueblo, en su piedad escucha su clamor y corrige sus malos caminos. Ya el pueblo no tiene por qué correr de sus opresores, ahora puede caminar en la libertad del Señor. Por último, la fe en acción se traduce en un mensaje de esperanza para el pueblo. Dios tiene una palabra de aliento y renuevo para las naciones.

La tercera unidad, «Fe verdadera», nos conduce a entender que la práctica de la fe cristiana se desliga de la indiferencia. Para Santiago, la fe en Cristo Jesús es la fuerza de la acción en favor de los más vulnerables. De ahí, la amplitud de la expresión teológica: «la fe sin obra es muerta». Esa fe cuida. Construye. En la segunda lección de la unidad, Santiago continuará invitando a reconocer la necesidad de cultivar una fe disciplinada que nos ayude a dominar nuestros temperamentos. En especial, controlando nuestras lenguas. En la lección subsiguiente, Pedro, con la autoridad dada por Jesús, levanta a Dorcas de los lazos de la muerte. Sencillamente, la fe verdadera manifiesta el poder de Dios. Es importante recalcar que los discípulos, por medio del poder del Espíritu Santo, tienen la autoridad para consolar al pueblo en medio del dolor. La fe en acción es consoladora. Finalmente, el ciclo de lecciones cierra con Pablo, ejemplarizando la conducta del creyente. Le escribe a Timoteo con el propósito de que practique una fe no fingida, sino una que sea fructífera y de testimonio del amor de Dios a las naciones.

A través de este viaje educativo iremos por veredas que conducen a entender que la fe es reflexión, pero a su vez es praxis y celebración. Es la obra salvadora de Cristo que nos impulsa al testimonio. No es una fe indiferente ni silente ante el dolor de los indefensos. Es poder del Dios para el mundo. Ciertamente es una fe que encontrará resistencia y violencia por las voces que se anteponen al mensaje liberador del Evangelio. Sobretodo, es una fe que sana, consuela y ofrece una brisa fresca de esperanza a un pueblo abatido. Hoy, Cristo Jesús nos llama a vivir una fe en acción.