Revista El discípulo




Pactos con Dios

Rvdo. Miguel A. Morales Castro
Pastor General

 

Muy amados en el Señor, por años el pueblo evangélico hispano ha disfrutado afirmar su fe mediante himnos clásicos como aquel que dice: «Todas las promesas del Señor Jesús son apoyo poderoso de mi fe; mientras viva aquí cercado de su luz, siempre en sus promesas confiaré. Coro: Grandes, fieles, las promesas que el Señor Jesús ha dado. Grandes, fieles, en ellas para siempre confiaré». En tiempos más recientes, el cantautor Marcos Witt ha dado a conocer el himno que dice: «Dios de pactos que guardas tus promesas, que cumples tu palabra, que guías mi destino. Dios de pactos confío en tus promesas, descanso en tu palabra, por tu gracia estoy aquí». Ambos himnos, de tiempos diferentes, se han nutrido del testimonio de la Biblia que revela a un Dios que es fiel a sus promesas y que cumple su Palabra. A su vez, ambos himnos nos inspiran a vivir confiados y esperanzados siempre en las promesas de Dios. Pues ambos, de manera melodiosa y musical, nos ayudan a recordar los pactos y a confiar en las promesas de Dios, promesas que trascienden nuestros tiempos. La música siempre ha sido una manera en que la Iglesia ha sabido afirmar las verdades eternas del Evangelio. Es una manera de impregnar una huella de fe en las vidas que cantan y escuchan las palabras de los himnos. Pero la música no es el único método del cual Dios se vale para comunicar esperanza a un mundo caído. También están los pactos que Él mismo ha establecido.

La presente edición de la revista «El Discípulo», en su primer trimestre, estudia algunos aspectos importantes sobre los pactos del Génesis y culmina examinando la celebración de la Santa Cena como señal de un nuevo pacto, el pacto de la gracia. Podremos llegar a la conclusión que, de la misma manera en que con un himno podemos comunicar unos contenidos teológicos, en la experiencia multisensorial de la Cena del Señor afirmamos la síntesis de todos los pactos y promesas de Dios que se cumplen en la persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien vino para que tuviésemos vida y vida en abundancia.

Los pactos evidencian y definen una relación entre dos partes. Los pactos encierran promesas y garantías de parte de Dios y ponen de manifiesto una relación del ser humano con el Creador. El pacto que Dios hizo con Noé fue uno muy particular, pues no requirió una acción de parte de Noé al momento de hacerlo, aunque previo al pacto Noé mostró fe y fue obediente a la voz de Dios. Este es un pacto que es sellado con una marca en el cielo en la forma de un arcoíris y que fue de carácter unilateral de parte de Dios. Dios se comprometió a no volver a destruir la tierra con un diluvio y selló el pacto con un arco en el cielo. No el arco de un guerrero que lanza flechas a la tierra, sino un símbolo de misericordia y de paz de parte de Dios hacia la humanidad. En un aparte, podemos destacar que en el relato del diluvio, que se inicia en capítulo 6 del libro de Génesis, en el versículo 4, Dios delimita la edad del ser humano hasta los 120 años. Noé tenía 600 años cuando el diluvio. El cataclismo atmosférico fue tal que de ahí en adelante la edad de los seres humano declinó. Quizás, a raíz del evento del diluvio, las condiciones atmosféricas dejaron de ser las óptimas para alcanzar la longevidad anterior.

El segundo pacto que hemos de examinar es un pacto que Dios hace con Abraham y también es de iniciativa divina, solo que esta vez requiere de una respuesta humana. Dios le dice a Abraham: «He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes». La respuesta humana que Dios exige se resume en lo dicho a Abraham: «En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones». Este pacto se ha de sellar con una señal, no en el cielo, sino en la carne. La señal del segundo pacto de Abraham es la circuncisión. Este sería un pacto perpetuo que se renueva de generación en generación como respuesta a la iniciativa divina. Requiere y demanda fidelidad del que recibe el pacto y de sus generaciones subsiguientes. De la misma manera en que la parte humana puede afirmar y preservar el pacto, la parte humana lo puede romper al ignorar implementar la señal del pacto. El último verso de la segunda lección dice: «Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto» (Gn 17.14).

El tercer pacto a ser estudiado es uno sellado con una marca en el tiempo. Se trata de guardar el sábado. Dios le dice a Moisés: «Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico». El anterior pacto demandaba una respuesta humana que solo comprendía a los varones, en un acto de una sola vez en la vida. Esta nueva señal perpetua es para todo el pueblo, en todas partes del mundo, por todas las generaciones. Se constituiría en una señal para Dios que a la vez era visible al resto de la humanidad. Porque con ella se hace diferencia entre los que son separados para Dios y los que no son parte del pacto.

El cuarto pacto es adelantado en el libro del profeta Ezequiel y dice de la siguiente manera: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ez 36.26–27). Este pacto, distinto a los demás, es afirmado en el corazón de cada ser humano. Ya no depende de una ley externa, escrita en frías tablas de piedra e impuesta, que solo produce corazones de piedra, sino que Dios hace una marca en el corazón del ser humano. Lo eterno e infinito es depositado en el cuerpo temporal y finito del ser humano. Todo ser humano lleva en su existencia la marca del Creador. Ahora, los que formen parte del Nuevo Pacto, serán portadores del Espíritu de Dios.

Los pactos se sellan con unas marcas o señales: una marca en el cielo (arcoíris), una marca en el tiempo (sábado), una marca en el cuerpo (circuncisión) y una marca en el corazón (el nuevo pacto).

La marca del creyente en Jesucristo es la presencia del Espíritu Santo en el corazón. Presencia que nos mueve al amor y a las buenas obras. Lo invisible de Dios en nosotros se hace manifiesto en el servicio. Cada vez que los creyentes en Cristo celebramos la Cena del Señor, celebramos que el Nuevo Pacto fue sellado con sangre y con el sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Celebramos que el Verbo Eterno se hizo carne, y estando en la condición humana, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Celebramos que resucitó al tercer día, que ascendió a los cielos y que vuelve pronto por su pueblo. Pero, sobre todas las cosas, celebramos su presencia real en nuestros corazones por la actividad gloriosa de su Espíritu Santo en nosotros. A la vez, en la Cena celebramos que somos un solo cuerpo, cuya cabeza es Jesucristo. Celebramos que nos une su Espíritu y nos une el amor.

Cada vez que nos reunimos celebramos que todas las promesas del Señor Jesús son fieles, son grandes y que en ellas siempre podremos confiar. Celebramos que Dios es un Dios de pactos que guarda sus promesas, que cumple su Palabra y que guía nuestro destino. Celebramos que las cuerdas nos han caído en lugares deleitosos y que es hermosa la heredad que nos ha tocado. Celebramos que celestes melodías eternas se han hecho canción en nuestra vida. Celebramos que en Cristo Jesús todos los pactos se han conjugado en salvación y vida eterna para todo aquel que cree. Te invitamos a celebrar en el estudio de la Palabra de Dios al Dios de pactos que cumple sus promesas. Te invitamos a disfrutar de su fidelidad, que inspira al servicio, la fe y al amor. Que así te bendiga el Señor.