Rvda. Gina B. Marrero Rodríguez

¿Ama usted a Dios? Es muy probable que haya contestado un rotundo sí inmediatamente. Para nosotros, amar a Dios es lo más natural del mundo, ya que el amor es una virtud fundamental de la fe cristiana. Las Sagradas Escrituras afirman que «Dios es amor» (1 Jn 4.8). Debido a su naturaleza inmutable, no hay nada que pueda cancelar o agotar su amor por nosotros. ¡Qué maravilla, su amor dura para siempre! Ese amor eterno de Dios hacia la humanidad se ha revelado de diferentes maneras en el testimonio bíblico. Desde la creación hasta la salvación, Dios demostró su amor por nosotros. Ese amor fue el poder impulsor de la encarnación de Cristo y el que lo llevó a morir por nosotros en la cruz, aún en nuestra condición de pecadores (Ro 5.8). Así es el amor verdadero, está dispuesto a sacrificarse. Solo cuando entendemos la grandeza del amor de Dios podemos lograr amar correctamente a Dios y al prójimo. Es cuando conocemos a Dios, nos acercamos a Él y recibimos su gran regalo de amor que somos capaces de amarle. En principio, nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero (1 Jn 4.10).
La primera unidad de este trimestre, Dios ordena nuestro amor, respeto y obediencia, presenta cinco sesiones. El pasaje de Deuteronomio nos orienta hacia la consagración a Dios en amor y completa devoción. La sesión de Josué presenta la reverencia, lealtad y respeto que Dios demanda de su pueblo, las cuales se desarrollan en amor y justicia. El Salmo 103 es un cántico de David sobre el carácter misericordioso y clemente de Dios, en el cual el salmista expresa su amor y gratitud a Dios por las intervenciones de cuidado y protección. El evangelio de Lucas presenta el cumplimento del advenimiento de Cristo y la respuesta humana hacia el acto de amor más hermoso de la historia. En Mateo se nos exhorta a demostrar nuestro amor mediante acciones concretas hacia los demás. Estos relatos bíblicos nos muestran el amor de Dios manifestado en distintos escenarios y cómo debemos responder. Es necesario recalcar que su amor siempre fluye en medio de las necesidades y demandas del pueblo. El amor divino no obra desde la periferia. Tampoco se desliga de la realidad social, cultural, religiosa, política ni económica del ser humano. Más bien, nos orienta, acompaña y transforma a través de los actos milagrosos y amorosos de Dios en el diario vivir.
¡Amar a Dios! Si bien es cierto que Dios nos ama, a su vez demanda que sus hijos e hijas le «amen con toda el alma y con toda la mente y con todas las fuerzas» (Mc 12.30). Por lo tanto, amar a Dios es mucho más que decir «Yo amo al Señor». Debemos reconciliar lo que creemos con acciones concretas. Al igual que la fe, el amor verdadero se demuestra con obras (Stg 2.26). Agustín de Hipona, una de las máximas figuras de la historia del pensamiento cristiano, al hablar de las obras visibles de amor afirmó «que el amor se ve porque tiene manos para ayudar a otros, tiene pies para impulsar a los pobres y necesitados, tiene ojos para ver la miseria y la escasez y tiene orejas para escuchar los suspiros y angustias de los seres humanos» (260 Frases de San Agustín de Hipona). El amar a Dios implica amar al prójimo. La fe genuina se expresa en la forma en que nos ocupamos los unos de los otros, extendiendo las manos al más débil y vulnerable y a aquellos que necesitan nuestra ayuda.  
Uno de los desafíos del siglo 21 es vivir sin amor. Esta trampa nos separa de Dios (1 Jn 4.8). Cuando no hay amor, se enfría el corazón. Permitimos que la amargura, el enojo, el rencor y las quejas apaguen la llama del amor de Cristo en nuestro corazón. El amor es la regla de oro del cristiano, por lo que no podemos permitir que el dolor de las pérdidas, la frustración de un fracaso y la traición o el engaño nos desenfoquen. ¡Debemos amar a Dios y a nuestros semejantes por encima de todo, porque amar siempre vale la pena!  
El amor a Dios está vinculado estrechamente con la obediencia. Obedecer al Señor de todo corazón es una manera de demostrarle cuanto le amamos. La persona que ama a Dios tendrá como meta suprema agradarle. Aunque este mandato requiere esfuerzo, es el mejor modo de vivir, porque amando se vive mejor. Es a través del amor de Dios derramado en nuestros corazones, junto a la asistencia del Espíritu Santo, que somos guiados hacia un fruto maravilloso de excelentes cualidades que nos ayudan a obedecer su voluntad (Gl 5.22-23).
La segunda unidad, Ama a Dios mediante la fe en Cristo, tiene cinco sesiones. En primer lugar, se nos exhorta a amar con firmeza. Para poder lograrlo, el texto bíblico nos enseña que se debe estar preparado, aferrado a las enseñanzas de Cristo y sujetos a la verdad de su amor en todo momento. En Santiago se establece el principio de la humildad, lo cual implica vivir para Dios, reconocer que nuestro valor viene solo de Él. En la carta a los Filipenses, Pablo nos presenta a Cristo como el verdadero ejemplo de sumisión, quien nos impulsa a vivir para Él con actitud de siervos por amor a Dios y a los demás.
La fe nos inspira a creer y confiar en el amor divino, a pesar de toda circunstancia y por encima de toda adversidad. La vida tiene altas y bajas, pero en todo momento Dios ha prometido estar con nosotros (Mt 28.20). Cuando seamos tentados a dudar del amor de Dios, recordemos el Calvario. Este escenario es el gran motivo para confiar en Él y para soportar con esperanza la aflicción. Cristo no estuvo exento de pobreza, afrenta y persecución. Muchos, incluyendo sus amigos, lo traicionaron y lo abandonaron. Aun así, el amor de Cristo por el ser humano no se deterioró. Dios nos exhorta a que, por encima de las persecuciones, la escasez y el dolor, permanezcamos firmes en la fe, dando testimonio de su amor. Que extraordinario sería que ningún cristiano dude del amor de Dios al ser sometido a pruebas y aflicciones. ¡Qué bendición es el saber que, aunque el mundo nos rechace y enfrentemos dificultades, Dios nos ama!
La tercera unidad, Cánticos de amor que glorifican a Dios, contiene salmos que nos impulsan a exclamar ¡Cuán grande es Él! Glorificar a Dios es darle el lugar que Él merece. Nuestro Dios, el Altísimo, espera de nosotros alabanza (Sal 150.6). Nuestra tradición evangélica testifica que, a través de la historia, hemos expresado nuestra fe con himnos, los cuales contienen experiencias que describen nuestra vida con Dios. En ellos afirmamos que la alabanza debe ser gloriosa, porque Dios es Rey Soberano; sincera, porque nace de un corazón puro; debe ofrecerse con gratitud, porque Dios nos ama; debe ser sacrificada, porque Cristo murió por nosotros; es poderosa, porque adoramos al Dios victorioso.
La alabanza está ligada a lo quien Dios es, a lo que exige y a lo que hace por nosotros. Los salmos resaltan que Él es protector, salvador, justo, misericordioso y amor inquebrantable, entre otros atributos. Los relatos muestran momentos que van desde las profundidades de la desesperación hasta la alegría en ocasiones de gran celebración. En esos escenarios, los salmistas han encontrado consuelo, enseñanza, reprensión y exhortación. Es ahí donde vemos nuestras propias vivencias reflejadas. Nacen nuestros propios salmos, desde una experiencia genuina y de profunda relación con Dios.  
La alabanza es la ofrenda de un corazón agradecido. ¡Qué poderosas alabanzas debería producir un corazón que ha experimentado el eterno amor de Dios! ¡Celebremos al Dios fiel que cumple sus promesas! ¡Cantemos con gozo a Jehová y no estemos callados! Somos una iglesia con espiritualidad ferviente, que ha expresado su fe mediante cánticos poderosos. Inspirados en el amor de Dios, ¡alabemos al Señor! Adoremos al gran Rey al compás del himnólogo, cuando iluminado por el Espíritu Santo expresó: ¡Alabad, alabad, alabad al gran Rey! ¡Adorad, adorad, adoradle su grey! Es nuestro escudo, baluarte y sostén. El Omnipotente por siglos. ¡Amén!