Rvdo. Miguel A. Morales Castro

Muy amados en el Señor, la presente edición de la Revista de Educación Cristiana «El Discípulo» se inicia con 13 extraordinarias lecciones sobre el Génesis. Ello nos permite iniciar un ciclo de enseñanzas profundas enraizadas en el principio de todas las cosas. El estudiante audaz, aquel que anhelando aprender más se aventura a leer los pasajes completos y buscar otros materiales complementarios, seguramente encontrará principios que aplican a toda la vida.

Lo primero que encontramos es que nuestro Dios es el creador de los cielos y la tierra. Antes de que existiese el tiempo, ya Dios era. Antes de que existiese la materia que preserva su balance, ya Dios era. No siempre ha habido historia, pero Dios siempre ha existido. Para Dios crear el cielo y la tierra no se vale de ninguna otra cosa que no sea a sí mismo, porque tampoco lo necesita. Él es el motor suficiente que provoca y mueve su creación. Es un Dios bueno y hay bondad intrínseca en toda su creación. Al inicio de la creación no existe el mal, solo existe el bien. Se desprende que Dios creó los cielos y la tierra con propósitos eternos llenos de amor. Esos propósitos nos alcanzan a nosotros en Cristo Jesús y contienen promesas de vida eterna. Un indicio de esos propósitos está en el hecho de que Dios nos creó a su imagen y semejanza. Dios crea al ser humano a su imagen y semejanza

¿Qué significa que Dios nos hizo a su imagen y semejanza? ¿Nos parecemos a Dios porque Dios tiene cabeza, pies y brazos? O ¿está la imagen y semejanza de Dios en nuestra capacidad de amar, perdonar, crear y podernos relacionar responsablemente con el otro? Para Dios crear al ser humano con su imagen y semejanza tenía que crear un entorno de verdadera libertad. Esa verdadera libertad solo es real en la medida de que sea posible la existencia del mal. Sin esa posibilidad, todo sería una farsa. Esa misma libertad, que hace del mal una posibilidad, es la misma libertad que nos permite amar y escoger el bien. Dios no nos hizo grabadoras que repitiesen lo que a Él le gusta, Dios creó personas a su imagen y semejanza, capaces de escoger y hacer el bien.

Dios se vale de dos elementos para la creación del ser humano: el polvo de la tierra y el soplo de su Espíritu. Aunque el ser humano en sí es de una sola pieza, subsiste sobre el mundo presente en una tensión creativa entre los polos del bien y del mal que luchan desde su interior. En la medida en que escoge el bien se acerca a su Creador y se afirma en su identidad auténtica a la imagen y semejanza de Dios. En la medida en que escoge el mal, esa imagen divina se va opacando.

Dios nos hizo a su imagen y semejanza, varón y hembra nos hizo Dios. La imagen de Dios también está en nuestra capacidad de trascender y relacionarnos con el otro, aunque sea totalmente distinto. Aunque la imagen de Dios en nosotros se extiende a toda la humanidad, es por el amor que nos hace uno con Él que se afirma y toma primacía en nuestro ser. Ese amor se perfeccionó en la persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y está disponible para todo ser humano.

Fue Dios quien nos hizo varones y hembras. Hay que tergiversar bastante las Sagradas Escrituras para no entender esto. La Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico siempre ha entendido y ha manifestado que el matrimonio es exclusivamente entre un hombre y una mujer.

Dios nos ha hermanado a todos y nos hizo mayordomos responsables de su creación. En su sabiduría, Dios primero creó un solo ser humano y luego de ese primer ser humano, Adán, extrajo a Eva. De ahí que toda la raza humana, todas sus etnias y razas provienen de una sola carne. Todos estamos emparentados, todos tenemos a Adam como pariente. Si Dios hubiese creado a Eva aparte de Adán, la humanidad pudiera aducir dos raíces en dos carnes. Este misterio se recuerda en el matrimonio, en el cual volvemos a ser una sola carne. El relato del Génesis hace claro que todos somos hermanos. Nos aclara que somos guardas de nuestros hermanos.

No solo somos responsables, como familia, de todos nuestros hermanos, somos responsables de la parte de la creación que Dios nos ha encargado para que de manera hermanable y colegiada la cuidemos, cultivemos y compartamos. Todo lo que podemos disfrutar de la creación es un regalo de Dios. Como lo que se hereda, la creación debe ser compartida en partes iguales, pues Dios es el dueño de todas las cosas. Lamentablemente, la humanidad se ha apoderado de lo que Dios, como padre, nos ha brindado a todos, lo ha dividido y subdividido y en esa mala mayordomía de los bienes, algunos tienen sobreabundancia y otros padecen hambre. Como mayordomos hemos fallado en eso.

Somos mayordomos de lo que las generaciones futuras deben disfrutar. El egoísmo de una generación pudiera consumir los recursos que son para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos. La Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico tiene conciencia de su responsabilidad ecológica como mayordomos de la creación de Dios y por ello ha iniciado una serie de actividades que promueven una mayordomía integral, que orienta, reta y capacita a la Iglesia a cumplir con su vocación como mayordomos. Dios recrea su creación

En el libro del Génesis se afirma que Dios es el Creador y el sustentador de todo el universo. Esa creación, aunque libre, está bajo el escrutinio divino y continuamente hay interacción de Dios con todo lo creado y con las personas que Él creó para tener comunión con ellos. Las personas y los pueblos que le dan la espalda a Dios culminan alejándose del propósito divino y afectan negativamente al resto de la creación. Un pueblo que avanza en la justicia, la paz y el amor de Dios, es un pueblo cuyas bondades provocan la sana convivencia y el desarrollo de una sociedad justa y feliz. En el Génesis se evidencia el daño que una humanidad que le da la espalda a Dios puede causar a toda la creación de Dios y cómo Dios puede valerse de los procesos ordinarios de su creación para que esta se recree, como ocurre en el relato del diluvio. Es una enseñanza que alcanza su punto culminante en Cristo Jesús, Quien es el gran reconstructor de la experiencia humana. Así como después de Noé el mundo inició una vida nueva, los que recibimos a Jesús como nuestro Señor y Salvador personal encontramos en Él la posibilidad de una vida nueva y la aspiración a la vida eterna con Él. El propósito divino se alcanza en la recreación de relaciones fraccionadas

Los hermanos de José lo vendieron como esclavo y dijeron a Jacob que había muerto. Enterraron su mañana y enterraron su memoria, pero Dios tuvo un plan con Jacob y con sus hijos. Como dijo San Agustín: «Dios es tan soberano que puede usar nuestra mala voluntad, para que su buena voluntad se cumpla». Para que el plan de Dios se alcanzase era importante que el rasgo divino del perdón se materializase. Fue San Agustín quien dijo que guardar resentimientos es como ingerir veneno pensando que el otro ha de morir. Lo cierto es que guardar resentimientos solo le hace daño a quien los anida en su corazón. El perdón no solo hace libre al perdonado, liberta de muchas cosas al que perdona. Cuando José perdonó, todos ganaron. Se restauraron relaciones que resultaron en el empoderamiento de un pueblo como pueblo de Dios. El Dios que creó los cielos y la tierra puede recrear en nuestro espíritu lo necesario para la restauración de nuestra relación con Él y las relaciones con nuestro prójimo. El mismo que sopló sobre el polvo y lo impregnó con su imagen, hoy puede soplar sobre nosotros para sanar, salvar y restaurar.

Leer las Sagradas Escrituras nos inspira y nos guía. La respuesta a su Palabra nos invita a amar como Cristo y a servir en Espíritu y en Verdad. El estar alumbrados y llenos por esa gracia que es en Cristo Jesús nos lleva a compartir las buenas nuevas con un mundo que necesita redención, salvación y vida eterna.

Vivir entendiendo que somos responsables de cuidar, cultivar y compartir; vivir entendiendo que somos llamados a comunicar la justicia, la paz y el amor; vivir creyendo que siempre hay posibilidades en Dios para la restauración, la renovación y la superación; son consecuencias prácticas de estudiar, a la luz del Nuevo Testamento, las páginas del primer libro de la Biblia. Espero que tu estudio de esta edición de la Revista de Educación Cristiana «El Discípulo» provoque en ti todas estas cosas. Que así te ayude el Señor.